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martes, 12 de abril de 2011

El buen humor educa


Breve artículo recogido de la página Mejoratuescuelapublica , aplicable también a los papis, a las mamis y a cualquier persona que nos crucemos.


El buen humor educa Escrito por M.V. Jueves, 09 de Abril de 2009 08:32


Los niños y los adolescentes son muy sensibles al buen o mal humor habituales de su Profesor. Es por eso muy necesario esforzarse por mantener un tono de tranquila y serena alegría en las clases, que se manifiesta en el rostro y en los gestos, así como en las reacciones pacientes e imaginativas para afrontar los pequeños o grandes desafíos adolescentes. Algunos colegas, zarandeados por la vida y por la tensión en los Centros educativos, adoptan ante los chicos un tono malhumorado, cínico o amargo, o lleno de una ironía destructora de la esperanza. Nada de esto es educativo. El buen humor exige una madurez para no volcar en los otros las propias frustraciones o contrariedades. El mejor instrumento educativo de que dispone un profesor es su propia persona. Con su actitud puede presentar a los alumnos el modelo de una personalidad madura, que sabe superar día a día las pequeñas o grandes dificultades del vivir. El sereno optimismo del profesor presta a los alumnos un servicio constructivo. Ellos nos ven vivir día a día, y aprenden de lo que somos, no de lo que aparentamos, ni siquiera de lo que decimos.¡Educar es tarea comprometida!. Última actualización el Miércoles, 12 de Enero de 2011 18:23

jueves, 4 de febrero de 2010

Aprender a vivir


Fragmentos del artículo “Aprender a vivir” de JA. Marina
"(...)
Creo que la educación –tal como yo la entiendo– desempeña tres funciones principales. La primera es reducir la influencia de la suerte. Lo que intentamos con la educación –y, sobre todo, con el derecho a la educación– es procurar de alguna manera compensar las desigualdades (sociales, físicas, de salud, etc.) que la fortuna introduce en los seres humanos. La segunda función de la educación consiste en ayudar a la felicidad individual. La educación tiene por objetivo la felicidad; hay que tener en cuenta que la cultura, el trabajo, etc. valdrán en la medida en la que sirvan para la felicidad. Finalmente, la educación persigue facilitar la felicidad colectiva –conocida también como "justicia"– de las sociedades.

El único recurso que tenemos para la educación es desarrollar la inteligencia de nuestros niños. Ahora bien, ¿a qué me refiero cuando hablo de inteligencia? Una tradición muy brillante, pero fragmentaria, nos ha metido en un callejón sin salida, incluida la familia. Hemos dicho –y todavía se sigue diciendo en las universidades– que la función principal de la inteligencia es conocer, y que su culminación es la ciencia. Con ello, lo que queremos es que nuestros niños sean unos científicos sietemesinos, excluyendo de la inteligencia todo el campo de los sentimientos. De este modo, los sentimientos son una cosa que nos zarandea, que nos perturba y que, sobre todo, no se puede educar.

Sin embargo, creo firmemente que los sentimientos se pueden educar.(…)

Ahora bien, ¿se puede realmente aprender a vivir? ¿Quién lo debe hacer? ¿Cuándo lo debe hacer? ¿Cómo lo debe hacer? Puntualizaré que, cuando digo "aprender a vivir", no me refiero a ese proceso espontáneo que empieza con la fecundación y después continúa. Yo me refiero a vivir bien. Vivir bien es lo que merece ser cuidadosamente estudiado, y significa fundamentalmente tres cosas: que los niños sean sanos, que los niños tengan recursos suficientes para ser felices y que los niños tengan recursos suficientes para ser buenas personas. (..)
También conviene tener muy presente lo siguiente. Así como es verdad que hay muchísimas familias que se desentienden de la educación de sus hijos, hay otra gran cantidad obsesionada con ella. En este sentido, como la madre trabaje, su culpabilización va a resultar casi inevitable, lo cual no es justo, porque las influencias son mucho más complejas. Por ejemplo, podemos decir que, a partir de los 13 ó 14 años, la influencia educativa de los padres es prácticamente nula; en la escuela todavía podemos ejercer alguna, pero lo que influye a esa edad sobre los chicos y chicas es el grupo en el que están. A partir de cierta edad, tan importante como preguntar por las notas de nuestros hijos es hacerlo por las notas de los amigos de nuestros hijos. Ese elemento va a ejercer muchísima más influencia en los hijos que lo que se les pueda decir como padres. También por este motivo hay que tener muchas vías de acción abiertas: unas directas sobre el niño y sobre el grupo, otras indirectas –hasta donde podamos– sobre las formas de cultura que el niño tenga alrededor, etc.(…)"